En esta época del año, muchas personas sienten la necesidad de hacer balances: repasar logros, dificultades y aprendizajes. Este ejercicio es casi un ritual institucionalizado en nuestras culturas, potenciado por las redes, los medios y las metáforas del “cierre” anual. Sin embargo, desde una perspectiva psicológica, es importante reflexionar no solo sobre qué evaluamos, sino cómo lo hacemos.
Existe una inclinación evolutiva y cognitiva a prestar más atención a los eventos adversos que a los positivos. Esto no es un sesgo superficial: responde a mecanismos adaptativos de supervivencia que priorizan la detección de amenazas y errores. En contextos de balance emocional, este sesgo puede traducirse en un foco desproporcionado en lo que “no salió bien”, generando rumia, autocrítica y malestar emocional.
Para muchas personas, esa tendencia se expresa como:
Fijación en metas no alcanzadas.
Repetición mental de errores pasados.
Revalorización de expectativas poco realistas.
Evaluación global de valía personal con base en errores o pérdidas.
Como profesionales sabemos que no se trata de eliminar la atención a experiencias negativas —que también contienen información valiosa— sino de equilibrar y contextualizar la evaluación emocional:
Diferenciar pensamientos automáticos de narrativas integradoras:
Los pacientes suelen generar relatos de fin de año dominados por frases absolutistas (“fue un desastre”, “no logré nada”). En terapia, trabajar la identificación y reformulación de esos pensamientos permite ampliar la visión hacia un balance narrativo más completo.
Promover una evaluación bidimensional:
El balance emocional no es un continuo unidireccional. Integrar aspectos positivos, neutros y desafiantes habilita la experiencia de agencia y autocompasión.
Atender al impacto afectivo y funcional de la rumiación:
La rumiación sobre eventos negativos puede incrementar ansiedad y depresión. Desde modelos como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) o enfoques cognitivo-conductuales, podemos ayudar a pacientes a descentrarse de evaluaciones rígidas y focalizarse en acciones con valor significativo
¿Cómo intervenir esta tendencia en consulta?
Aquí hay algunas estrategias que pueden ser útiles para incorporar en sesiones o en recomendaciones psicoeducativas de fin de año:
Ejercicios de re-evaluación contextual:
Invitar al paciente a identificar hechos concretos y describir su impacto emocional y funcional sin juicios de valor.
Balance de evidencias emocionales y conductuales:
Registrar eventos positivos con la misma rigurosidad que los negativos, promoviendo una visión más equilibrada de la experiencia vivida.
Metáforas y ejercicios experienciales:
Utilizar herramientas de ACT o terapia cognitiva para explorar cómo la atención al negativo influye en el comportamiento y en la toma de decisiones de los pacientes.
¿Por qué esto importa?
Al finalizar un año, muchas personas están más susceptibles a evaluaciones sesgadas y autocríticas desproporcionadas. Como psicólogos, tenemos la tarea de facilitar marcos de evaluación más saludables y útiles, que promuevan la integración de experiencias, el aprendizaje adaptativo y —sobre todo— la autocompasión. Esta labor no solo contribuye al bienestar individual, sino que nutre un enfoque clínico que valora el significado y el contexto por sobre juicios simplistas de productividad o éxito.
Lic. Emanuel Guaraglia