Hace un tiempo leí una investigación de la UBA en la que los autores utilizaban el concepto de “sedentarismo cognitivo” para describir un fenómeno cada vez más frecuente: delegar procesos mentales en herramientas tecnológicas que piensan, recuerdan y organizan por nosotros.
Aclaro algo desde el inicio, no estoy en contra de la inteligencia artificial. Todo lo contrario. La considero una herramienta potente, valiosa y con enorme impacto positivo en múltiples ámbitos, incluida nuestra profesión. El problema no es la herramienta, sino cómo la usamos y en qué contexto la usamos.
Vivimos en una cultura atravesada por la inmediatez, la productividad y la optimización constante del tiempo. Queremos respuestas rápidas, resultados visibles y procesos eficientes. En ese escenario, tener al alcance una tecnología que responde en segundos puede volverse casi irresistible.
Pero la pregunta no es tecnológica. Es psicológica.
¿Qué pasa cuando ya no toleramos no saber?
¿Qué ocurre cuando eliminamos el espacio de la duda, la espera, el intento fallido?
Pienso en algo cotidiano. Estás en un asado con amigos, alguien no recuerda el nombre de un jugador de fútbol. Antes eso abría un espacio para pensar, debatir, equivocarse, insistir, reírse del error. Hoy, alguien saca el celular y trae la respuesta. El dato aparece, pero el proceso desaparece.
Puede parecer mínimo, pero el impacto se vuelve más evidente cuando ya no se trata de un dato aislado. Cuando no podemos escribir un comunicado sin asistencia constante. Cuando nos cuesta estructurar una idea propia. Cuando pensar un proyecto sin apoyo externo se vuelve abrumador. Ahí el sedentarismo ya no es anecdótico: empieza a ser estructural.
Desde la psicología cognitiva sabemos que el esfuerzo mental —lo que algunos autores llaman esfuerzo deseable— fortalece procesos como la memoria, la flexibilidad cognitiva y la capacidad de resolución de problemas. También sabemos, desde modelos más contextuales, que la evitación de la incomodidad (no saber, frustrarse, equivocarse) tiende a reducir la tolerancia a la incertidumbre y a empobrecer el repertorio conductual.
La mente, como el cuerpo, necesita movimiento. Necesita fricción. Necesita ensayo y error. Cuando externalizamos sistemáticamente el proceso de pensar, no solo ganamos eficiencia, sino que también modificamos nuestra relación con el esfuerzo, la espera y el fracaso.
No se trata de dejar de usar inteligencia artificial. Se trata de preguntarnos si la estamos usando como herramienta o como reemplazo.
Tal vez el desafío no sea tener respuestas inmediatas, sino seguir cultivando la capacidad de sostener preguntas.
Porque pensar lleva tiempo, y quizás ese tiempo sea, justamente, lo que hoy más nos incomoda.
Lic. Emanuel Guaraglia