Para dar el puntapié a esta primera entrega vengo pensando en el tema de la evidencia.
Hace 10-15 años se reducía la “evidencia” a la TCC, pero, bajo la lupa de que estigmatizaba y deshumanizar a la gente, quizás hoy eso ha cambiado o al menos no se dice tan en voz alta. La evidencia ha hablado, profesionales, alumnos y consultantes buscan activamente formación y atención desde los modelos que se apoyan en lo empírico.
Estamos en una época, en nuestro país y en la región, donde proliferan los modelos basados en la evidencia, para quienes crecimos en una época donde éramos 4-5 los que nos interesaban estos modelos, estamos viviendo nuestro Woodstock. Y eso es claramente bueno, porque promueve una sustancial mejoría en el campo profesional: que los programas de grado - lentamente- y de posgrado se adapten a las demandas, y, que la población que consume los servicios de atención (en sus múltiples formas y variables) busque, pida y reclame que los centros/profesionales donde se atienda desde la evidencia científica.
Frente al consultante, la montaña de evidencia nos permite tener un mapa y una brújula para decodificar cada pensamiento, conducta y emoción problemática, poder organizar nuestra caja de herramientas y así brindar una intervención específica y adaptada a la personalidad, momento y recursos del paciente. Así, habitar la evidencia es un encuentro entre ciencia y arte. Tenemos los datos y recursos, pero, requiere de apertura, creatividad y buen timing la forma en que utilizamos esto. La forma de hacerlo no está en ningún manual, si no que, se aprende haciendo y se aprende hablando con colegas, permitiéndonos el cuestionamiento y la duda, dejando de lado un manual cuando no está sirviendo para el paciente.
Y acá es el punto donde vengo observando y sintiendo que hay algo que no se encamina bien en nuestra disciplina. La forma en la que estamos usando nuestros amados modelos basados en la evidencia, ojo, no es el modelo (como me dice un amigo) sino la forma en la que lo pensamos y ejecutamos, en mi opinión: creo que la ciencia se nos subió a los ojos y nos está nublando el camino, acercándonos a buscar constantemente respuestas absolutas a todos los problemas de salud mental.
La evidencia como trinchera. Lo que antes decíamos en voz baja, hoy lo podemos decir en voz alta. Que nuestra profesión y que la atención de personas debe apoyarse en investigaciones es algo que en otros países no se cuestiona, pero acá así. Entonces continúa siendo un posicionamiento de trinchera, donde la comunidad profesional se junta y planta bandera sobre los estándares que se deben cumplir.
Habitar el campo de la evidencia, implica saber que uno se puede formar en tal modelo y en tal temática y está preparado para eso. Pero no estamos preparados para todo, entonces cuando nos surge la pregunta “che y a quién derivo este caso?”, o, al revés, “que bueno que me hayas considerado para tomar este consultante”... ahí la trinchera se vuelve útil y cobra vida. Formarse en evidencia implica aceptar y convivir con que uno está preparado para algo y no para todo. Y esto forma parte del famoso “autocuidado”.
Al mismo tiempo, todo lo que se vuelve masivo corre riesgos de ser excesivo y morder la banquina (creo que sí, que muchos modelos basados en la evidencia en su afán de diferenciarse muerden banquina). La famosa frase que basarse en la ciencia no es garantía de éxito y que en nombre de la ciencia la humanidad ha cometido catástrofes, se aplica a nuestra profesión. Entonces, como me gusta decir en los debates con colegas: despacio, no tenemos ni 100 años de investigación científica en nuestra profesión. Si bien pareciera ser que estamos en la fiebre o el pináculo del desarrollo, si miramos hacia atrás y nos comparamos con otras disciplinas/profesionales, no somos más que un bebé con 5 meses de vida.
Dentro de las limitaciones, hay dos cosas que me hacen ruido en los ateneos, clases, debates y en el consultorio: las respuestas totalizantes y la pérdida de humildad. Sobre lo primero, las famosas generalizaciones de las que habla el cognitivismo, creo, abundan y circulan en muchas miradas y abordajes… pareciera ser una necesidad o un impulso irrefrenable el de encontrar una respuesta a todo rápido: “todo es conducta”, “todo es cognición”. Infiero que toda respuesta totalizante anula otras posibilidades y nuestro objeto es muy complejo como para que lo reduzcamos a una etiqueta. Cuando escucho esas consideraciones, tiendo a poner un pie al costado para que la ola o el modelo no me lleve puesto. El segundo, el que más ruido me hace, un poco nos empezamos a creer dueños de la verdad en estos años, “hay evidencia que me respalda” (y si es así), pero, también sabemos que no hay evidencia para todo - de momento -. Cuando uno ve que lo que prueba no resulta y el consultante continua en el mismo punto, es donde quizás debamos parar la pelota.
En mi época de estudiante me hacía ruido la aclaración de algunos docentes y manuales de “basada en la evidencia”, como si fuese un sello de control de calidad u algo así. Eso captó mi atención, entré en un espiral que hasta el día de hoy continúa bajo la pregunta de ¿por qué es necesario aclarar que nos basamos en investigaciones científicas?, hoy, después de 7 años de estar en la trinchera sumó la pregunta de ¿cómo usamos los modelos basados en la evidencia para que sea la evidencia la que nos guíe y no nuestro deseo mesianico?
La reflexión es, hoy, más que nunca necesaria, para avanzar como ciencia.. Sin prisa pero sin pausa, y, sobre todo: mirando hacia adentro, reflexionar sobre nuestros propios modelos, para no quemarnos con el agua que está hervida.
En esta primera entre, el Lic Ferreira plantea su mirada sobre los puntos a favor y los excesos de la bendita psicoterapia basada en la evidencia. Desde el concepto de trinchera como resistencia, hasta las respuestas generalizantes que frenen debates. Una invitación a la reflexión. Vos, qué opinas?
¿Vos qué opinas?
Lic. Lautaro Ferreira